El estigma silencioso: por qué cuesta tanto hablar del mundo del acompañamiento
El estigma hacia el mundo del acompañamiento tiene consecuencias reales. Hablamos del peso del secreto, sus efectos y por qué el silencio no protege a nadie.
Hay trabajos de los que puedes hablar en una cena familiar y trabajos de los que no. Puedes decir que eres contable, diseñadora, camarera o ingeniera. Puedes incluso decir que estás en paro y la conversación seguirá su curso. Pero hay una categoría profesional que sigue siendo impronunciable en la mayoría de contextos: el acompañamiento adulto.
El estigma no es nuevo, pero sigue tan presente como hace décadas. Y sus consecuencias van mucho más allá de la incomodidad social.
El peso del secreto
Para muchas mujeres que ejercen el acompañamiento, la doble vida no es una elección dramática, sino una necesidad práctica. No pueden contar a su familia lo que hacen. A veces ni siquiera a sus amigos más cercanos. En muchos casos, mantienen una fachada de trabajo convencional mientras gestionan su actividad real en la sombra.
Este secreto tiene costes. El más obvio es el aislamiento. No poder hablar de tu día a día, de tus preocupaciones laborales, de tus éxitos o tus problemas, te deja sola con todo eso. Es agotador fingir constantemente que tu vida es diferente de lo que es.
También está el miedo constante a ser descubierta. La ansiedad de que alguien encuentre tu anuncio. De que un conocido te reconozca. De que el secreto salga a la luz y tu vida se derrumbe.
Este estrés sostenido pasa factura. Estudios sobre trabajadores en ocupaciones estigmatizadas muestran tasas más altas de ansiedad, depresión y agotamiento emocional. No por el trabajo en sí, sino por las condiciones en que tienen que ejercerlo.
De dónde viene el estigma
El estigma hacia el trabajo sexual tiene raíces profundas: religiosas, morales, de género. Durante siglos, las sociedades han dividido a las mujeres en categorías de respetabilidad basadas en su sexualidad. Las que se salían de la norma eran marcadas, excluidas, castigadas.
Aunque hayamos avanzado en muchos aspectos, esa división sigue operando. La mujer que ejerce el acompañamiento queda automáticamente fuera de la categoría de respetable. No importa que sea inteligente, amable, buena madre o ciudadana ejemplar. Ese único aspecto de su vida la define por completo a ojos de muchos.
Es curioso cómo este juicio se aplica de forma asimétrica. Quien paga por el servicio rara vez recibe el mismo nivel de condena social que quien lo ofrece. La mujer carga con el estigma; el cliente, en general, pasa desapercibido.
Las consecuencias prácticas
El estigma no es solo una cuestión de miradas o comentarios. Tiene efectos muy concretos.
Acceso a servicios: Muchas mujeres evitan ir al médico o al psicólogo porque tendrían que mentir sobre su trabajo o exponerse a juicios. Esto afecta directamente su salud.
Vivienda: Alquilar un piso puede ser complicado cuando no puedes justificar ingresos regulares o cuando temes que el casero descubra a qué te dedicas.
Relaciones personales: Construir una pareja estable se vuelve difícil cuando tienes que ocultar una parte fundamental de tu vida. El secreto erosiona la confianza.
Futuro laboral: Si quieres dejar el sector, te encuentras con un vacío en el currículum imposible de explicar. Años de experiencia que no puedes mencionar.
Protección legal: En muchos países, el trabajo sexual ocupa un limbo legal. Las trabajadoras no pueden acceder a derechos laborales básicos ni denunciar abusos sin exponerse.
El círculo vicioso
El estigma se retroalimenta. Como la sociedad condena esta actividad, las mujeres que la ejercen tienen que ocultarse. Como se ocultan, la sociedad no ve la diversidad real de quienes trabajan en esto. Solo ve los casos más extremos, los que salen en las noticias, los que confirman los estereotipos.
Y esos estereotipos refuerzan el estigma. Es un círculo difícil de romper.
Cuando no conoces a nadie que haga este trabajo —o crees que no conoces a nadie—, es fácil mantener la imagen caricaturizada. Pero si tu vecina, tu compañera de gimnasio o tu prima te contaran que ejercen el acompañamiento, probablemente tu perspectiva cambiaría. Verías a una persona, no a un estereotipo.
El problema es que nadie puede contártelo sin arriesgarse al rechazo.
¿Se puede cambiar esto?
Cambiar el estigma es un proceso lento que requiere varios frentes.
Normalizar la conversación: Hablar del tema sin sensacionalismo ni moralismo. Tratarlo como lo que es: una realidad social que existe y merece ser entendida.
Escuchar las voces implicadas: Las mejores expertas en este mundo son las que viven en él. Sus testimonios, cuando pueden expresarse, derriban más prejuicios que cualquier estudio teórico.
Separar moralidad de legalidad: Que algo te parezca bien o mal personalmente no debería determinar si las personas que lo ejercen tienen derechos y protección.
Cuestionar la hipocresía: Una sociedad que consume masivamente contenido erótico y tiene demanda de servicios de acompañamiento, pero condena a quienes los ofrecen, tiene un problema de coherencia.
No se trata de convencer a nadie de que esto está bien o mal. Se trata de reconocer que las personas que ejercen este trabajo son personas. Con vidas complejas, con derechos, con necesidades. Y que el estigma, lejos de proteger a nadie, solo añade sufrimiento innecesario.
Mientras tanto
Mientras el estigma persista, miles de mujeres seguirán viviendo en un silencio incómodo. Gestionando su trabajo como un secreto vergonzoso en lugar de como una actividad legítima. Cargando solas con problemas que serían más fáciles de resolver si pudieran hablar abiertamente.
Quizá no cambiemos la sociedad de un día para otro. Pero cada conversación honesta, cada artículo que trata el tema sin morbo, cada persona que revisa sus prejuicios, es un paso.
El silencio no protege a nadie. Solo perpetúa el problema.
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