Escorts y feminismo: las voces que el debate no suele incluir

14 Feb 2026 4 min de lectura 189 lecturas

El debate entre feminismo y trabajo sexual es uno de los más polarizados de la agenda social. Sin embargo, las voces de las propias profesionales rara vez ocupan un lugar central en la discusión. Analizamos las diferentes posiciones y lo que se pierde cuando se debate sin escuchar a las protagonistas.

Pocas intersecciones generan tanto ruido y tan poca luz como la del feminismo con el trabajo sexual. El debate se ha enquistado en posiciones binarias que dejan poco espacio para los matices y, lo que es más grave, para las voces de quienes son directamente afectadas por las políticas que se proponen.

Las dos posiciones principales

El abolicionismo

Una corriente significativa dentro del feminismo considera que la prostitución es inherentemente una forma de violencia contra las mujeres. Desde esta perspectiva, no existe la posibilidad de un ejercicio libre, ya que las estructuras patriarcales hacen que cualquier consentimiento esté viciado. La propuesta política derivada de esta posición es la penalización del cliente y la asistencia a las profesionales para abandonar la actividad.

El regulacionismo

Otra corriente defiende que negar la capacidad de decisión de las mujeres que ejercen voluntariamente es, en sí mismo, una forma de paternalismo. Desde esta perspectiva, la mejor forma de proteger a las profesionales es regular la actividad, reconocer derechos laborales y perseguir únicamente la explotación y la trata. Esta posición diferencia claramente entre ejercicio voluntario y explotación forzada.

Lo que se pierde en la polarización

El problema de un debate estructurado en dos bloques irreconciliables es que elimina los matices. La realidad del sector no se ajusta limpiamente a ninguna de las dos narrativas. Existen profesionales que ejercen con plena autonomía y satisfacción, y existen situaciones de explotación brutal. Ambas realidades coexisten, y cualquier análisis que ignore una de las dos es incompleto.

Además, la polarización ha convertido a las propias profesionales en munición argumentativa para ambos bandos. Se seleccionan testimonios que refuerzan cada posición y se descartan los que la contradicen. El resultado es un debate sobre las escorts que se desarrolla, paradójicamente, sin las escorts.

Las voces de las profesionales

Cuando se escucha a las escorts que ejercen de forma independiente, el panorama es más complejo de lo que cualquiera de las dos posiciones sugiere. Muchas reivindican su derecho a trabajar con las protecciones que cualquier trabajador merece. No piden ser rescatadas ni que se ignore la explotación; piden que se les escuche y que las políticas que les afectan se diseñen con su participación.

Organizaciones de profesionales del sexo llevan años reclamando un espacio en el debate que se les niega sistemáticamente. Sus demandas son sorprendentemente pragmáticas: acceso a la seguridad social, derecho a cotizar, protección policial real, y un marco legal que distinga claramente entre ejercicio voluntario y explotación.

El contexto español

En España, el debate ha cobrado intensidad en los últimos años sin que se haya llegado a ninguna resolución legislativa. Los intentos de regulación y los de penalización se han sucedido sin que ninguno prospere completamente. Mientras tanto, las profesionales siguen operando en un limbo legal que las desprotege frente a abusos de todo tipo.

Las escorts independientes que operan en mercados maduros como el de Madrid demuestran a diario que es posible ejercer con profesionalidad, autonomía y dignidad. Su experiencia debería informar el debate, no ser ignorada por él.

Un debate que necesita honestidad

Lo que el debate entre feminismo y trabajo sexual necesita no es más volumen, sino más honestidad. Honestidad para reconocer que la explotación existe y debe combatirse con todos los recursos del Estado. Honestidad para aceptar que el ejercicio voluntario también existe y que negarlo no lo hace desaparecer. Y honestidad para admitir que las políticas más efectivas son aquellas que se diseñan escuchando a todas las partes afectadas, incluidas las profesionales.

Mientras el debate siga siendo un monólogo de posiciones preconcebidas, las personas más directamente afectadas seguirán siendo las menos escuchadas.

Compartir este artículo

Telegram